La mujer insistió:
-¿Me permites acompañarte? No quisiera que regresaras sola a tu casa.
Luisa lo pensó dos veces. Había caminado durante mucho tiempo ensimismada en pensamientos angustiosos y dolorosos, ahora quizás era momento de compañía para intentar olvidar por un momento que había sido entregada nuevamente a los brazos de sus padres, de donde probablemente tardaría aún más tiempo en salir.
-Está bien. Gracias
[…]
En el fondo tenía un presentimiento sobre esa mujer, como si no fuera casualidad el hecho de haberla encontrado en medio de una calle que, por cierto, desconocía; ni que ésta se encontrara tan interesada en acompañarla.
Podrían tener algo en común, pensó. Ambas, ella desde hace mucho y Luisa desde hace solo unas horas, habían perdido un amor, por razones muy contrarias quizás, pero con ese vacío enorme y tan hondo que deja la partida o desaparición de una persona tan amada. Sin embargo, el camino a casa no podría ser muy largo –estaban cerca- y talvez no sería más que una compañía un poco aburrida, hasta casi muda.
Para Luisa aquella no sería una conversación fluida pero tampoco esperaba que resultara una tan apagada como lo llegó ser luego de unas cuadras más allá y donde lo tardío de los pasos terminó por exasperarla más. La mujer mayor se limitaba a sonreír mientras la joven la miraba constantemente como intentando encontrar alguna respuesta en esos gestos risueños y delicados, propios de una señora de edad y que parecían tener un profundo significado y trasfondo; como si no tuviera la menor duda en cada paso que estaba dando. Iban camino a algún lugar, Luisa no sabía cuál, mas solo caminaba sin preguntar.
Poco después entraron a un callejón. Un lugar conocido para Luisa desde su infancia. Un pasaje al que llamaba “el callejón mágico”. De niña siempre le dio miedo pasar por ahí porque sin importar que fuera de día o de noche, alumbrado u oscuro, el lugar se veía siempre muy solitario y temible. Además, a lo lejos se podían ver pintas tenebrosas y proselitistas que violaban su inocencia. Cada vez que tenía que cruzarlo, entraba en pánico y se sentaba en el suelo a llorar desconsoladamente hasta que su madre, sin más remedio, la cargara y le tapara los ojos con su mano. Hasta que un día, una mujer que de lejos notaba el llanto incontenible de Luisa fue hacía ella y disculpándose con la madre, se acercó. Ya en cuclillas y luego de calmarla con unas palabras llenas de suavidad y ternura le contó una breve historia que relató de manera muy pausada y maternal.
“Había una niña de tu edad –narraba la mujer- quien también tenía mucho temor de pasar por este lugar tan triste y desolado. Pero un día, al atardecer, mientras jugaba con sus amiguitos del colegio a las escondidas, se vio en la necesidad de pasar por ahí para poder atrapar a uno de ellos. Y al verse en la entrada del callejón sintió ese miedo inevitable que le prohibía cruzar. Sin embargo, a pocos pasos de ella, vio que se encontraba un pedazo de madera el cual tomó y al observarlo notó una inscripción que decía »No cierres nunca los ojos y al final encontrarás tu recompensa. Cruza y no temas«. Entonces así lo hizo. La niña abrió bien sus ojitos y logró cruzar el callejón hasta que al final de él encontró un pequeño regalo”.
Luisa le preguntó cuál fue ese regalo a lo que ella le respondió “Averígualo” mientras le entregaba el pedazo de madera que llevaba aquella inscripción. Poco a poco empezó a dar pasos por el callejón mientras su madre la esperaba en la entrada. Llevaba los ojos bien abiertos y, aunque caminaba con cautela y con el miedo entre las piernas, nunca se detuvo. Al terminar de cruzar encontró un pedazo de papel cortado en forma de mariposa y pintada de color turquesa, su color favorito.
-“No cierres nunca los ojos…”-dijo al fin la mujer al llegar al final del callejón.
Luisa, con nostalgia sonrió y vio en esa mujer el mismo cariño que de niña le inspiró. Entonces enseguida decidió confesarle.
-Llevo la mariposa pegada al techo de mi habitación.- La viuda sonrió mirando al suelo.
-De niños buscamos que nos engrían, de ancianos queremos engreír. – La mujer parecía tener su mundo propio, pensó Luisa. Sin embargo, reconoció el buen gesto.
-Gracias -susurró apenas.
La mujer guardó callada el agradecimiento. Luego, le indicó a Luisa el camino a la derecha donde había una puerta; sacó de su pequeña cartera negra un manojo de llaves y seleccionó una que llevaba pintura roja en ella. Abrió la puerta e invitó a pasar a Luisa. Ella, con cierto recelo dio unos pasos temerosos al frente como si adentro la esperara una muchedumbre con asedio, pero solo se encontraban unos muebles forrados en telas floridas y polvo asentado, una mesa de centro acabada por el tiempo y las polillas y un televisor antiguo que servía de soporte para las fotos blanquinegras de posibles familiares ausentes en esta tierra. El ambiente no era precisamente el más amigable que había pisado, pero la soledad del lugar en cierta forma le atrajo y le hizo aminorar el temor que sentía.
-Siéntate por favor.-Nuevamente, Luisa lo pensó dos veces pero accedió luego de ver a la mujer sentarse en uno de los muebles de la habitación decadente.
-¿Por qué estás tan triste? –Luisa no sabía si responderle con la verdad o desviarla con una contra-pregunta…Intentó esto último.
-¿Por qué piensa que lo estoy?
-No lo pienso, estoy segura de ello. Me bastó con ver tu mirada al caminar por la calle; como si estuvieras perdida en un lugar en el que poco te importaba estar.
-¿Y por qué tendría que decirle a usted lo que me pasa? –Insistió con las preguntas evasivas, aunque con cierto tacto todavía: una estrategia que podría resultar atacante pero que ante una mujer con tanta experiencia solo eran manotadas de una niña sin recursos. Tenía el alma desnuda.
-No tienes que hacerlo, pero creo que no tienes a nadie más que contárselo.
-No podría ayudarme.
-No pretendo hacerlo, pero…
-¡No entendería! – Interrumpió Luisa en un grito desesperado y de pronto sus lágrimas no se contuvieron más en sus pupilas ni en esa habitación deprimente que lejos de provocar un ambiente sosegado y animado ahora solo le incitaba a afligirse más que antes. La mujer ni se inmutó, esperó que se calmara y que sus lágrimas cesaran mientras la miraba con ternura y hasta con compasión.
-No quiero entender, solo quiero que lo digas…
Se sentía como una niña quebradiza y frágil en medio de un interrogatorio, pero aun así, habló. Habló con lágrimas en los ojos, con pausas breves para tragar saliva y atreverse a conjugar palabras como “necesitar”, “abandonar”, “superar”, “olvidar” o “amar”, algunas veces susurrando; otras gritando sin importarle ya verse vulnerable o desesperada, su orgullo poco le valía frente a una mujer con el cuerpo hermético pero con el gesto tierno y comprensivo que poco concordaba con ese lugar tan lúgubre y sombrío.
-Necesito descansar
-No enviudes antes de tiempo – La mujer pareció ignorar su comentario.
-En parte llevo un duelo por dentro
-Me he visto llorar muchas veces por la misma ausencia dolorosa, ese no es tu camino.
-Nadie puede predecir eso
-No lo predigo…
-Disculpe, pero creo que es hora de irme.
La mujer quedó mirándola por un instante, al punto que Luisa sintió temor de lo que ella pudiera estar pensando hacer. Quiso correr pero sus piernas aún descansaban en el suelo, sin embargo la puerta no estaba muy lejos por si necesitaba escapar en algún momento, pensó.
-Esta mañana desperté con el extraño presentimiento de que hoy no sería un día normal.
Luisa pensó decir lo mismo, pero no quiso decir nada que alargara más el momento de su partida, ya quería salir. La viuda continuó:
-Hace dos horas tocaron a mi puerta, en diez años nadie lo había hecho. Desde que perdí a mi familia, siempre mostré este aspecto impenetrable y aislado: la gente murmura sobre mí incluso estando yo cerca: que estoy loca, que no tengo amigas, que no tengo ganas de vivir y que vivo mantenida por una pensión considerable. –Luisa había escuchado esos comentarios. Su marido era un respetado capitán de la Marina de Guerra y por ende a su familia le quedaría, de por vida, una manutención vasta para mantenerla sin necesidad de que ella trabajara -. Pero no me importa mucho lo digan o dejen de decir los demás- sentenció.
-Conozco una persona que puede entender perfectamente lo que usted está diciendo
-Creo que ambas lo conocemos
De pronto, y a lo lejos, se escucharon tosidos y quejidos. Luisa no comprendía, pues supuestamente aquella mujer vivía sola en esa casa clausurada para el resto de gente. Sin embargo, no podía meterse en su vida por lo que optó en concentrarse en lo que lo último que mencionó.
-¿Ambas?
-Ningún hecho es casual Luisa, hoy tocaron a mi puerta y al verte a ti ahora aquí me hace estar más segura de eso.
-No comprendo – Luisa empezaba a temblar, los tosidos continuaban desde alguna habitación de la casa y ella ya empezaba a reconocerlos pero su mente estaba bloqueando todas sus ilusiones y esperanzas
-Sí, es él. Pero tienes que saber algo…-La mujer esperó que la joven inquietada osara preguntarle a qué se refería, pero no quiso mantener el nervio.-Lo está buscando la policía…
Luisa apenas si escuchó la noticia. Corrió de inmediato en busca de esos quejidos y sin confundirse llegó a la habitación. Un hombre acostado en la cama destapado con una venda en el brazo la recibió con un gesto de sorpresa pero a la vez de alivio. No hicieron más que mirarse, él dejó de quejarse y ambos guardaron silencio por unos segundos.
Él quería olvidar que estaba siendo perseguido; que tenía en el brazo una herida punzocortante que lo mantenía con una fiebre intolerable; que estuvo a punto de perder a Luisa por su testarudez, por su preocupación de vivir cómodamente cuando lo importante no era el dinero que podía conseguir hurtando o asaltando tiendas, sino el amor que podía encontrar al llegar a casa, al despertar con un rostro deslumbrante y delicado a su costado: con la compañía dulce de una mujer que estaba dispuesta a dejarlo todo por él.
Ella, por su parte, podía imaginar lo que podía haber sucedido por la mente Darío, conocía su pasado, ese pasado por el que tanta gente tachaba su relación pero el que ella jamás reprochó; estaba segura de que no era una mala persona y que el hecho de que se encontrara en esa situación no significaba nada más que una sola cosa: él estaba pensando en ellos mismos.
Comprendía que podía juzgarlo por no dejar atrás su pasado y seguir acudiendo a él en busca de una solución para todos sus problemas. Que podía pedirle mil y un razones para continuar en ese habitad de cuchillos, pistolas y suspenso que solo ponía en riesgo su vida y hasta la de ella misma. Y, por último, que podía lanzarle intimaciones para que no volviera hacerlo e incluso ni pensarlo. Era lo más común que podía hacer, era lo que ella debía hacer.
Sin embargo ahora, viéndolo postrado con el cabello mojado por el sudor; con el rostro apabullado y alicaído; mal herido y evidentemente avergonzado, concluyó que solo había una cosa por hacer. No era momento de más llantos, ni lamentaciones, reclamos o malos juicios. Estaba convencida de que la viuda tenía razón: debía ser feliz, aunque tuviera que pasar penurias y sinsabores; al final todo sería recompensado. Y mirando al hombre abatido pero con el rostro dirigido hacia ella –siempre hacia ella– observándola con aflicción y desconsuelo por haberla hecho sufrir en las últimas horas, lo cual sabían no había sido a propósito, entendió que era hora de ser fuerte, de encausar los dos nuevamente sus existencias y sobre todo, de continuar su camino juntos. La huida de ambos a partir de ahí, en esa habitación y en esa casa, volvía a brotar de sus miradas, de sus cuerpos y sus deseos.
[No continuará...]
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