miércoles 29 de junio de 2011

(iii) Al final de este pasaje...[Final]




La mujer insistió:
-¿Me permites acompañarte? No quisiera que regresaras sola a tu casa.

Luisa lo pensó dos veces. Había caminado durante mucho tiempo ensimismada en pensamientos angustiosos y dolorosos, ahora quizás era momento de compañía para intentar olvidar por un momento que había sido entregada nuevamente a los brazos de sus padres, de donde probablemente tardaría aún más tiempo en salir.

-Está bien. Gracias

[…]

En el fondo tenía un presentimiento sobre esa mujer, como si no fuera casualidad el hecho de haberla encontrado en medio de una calle que, por cierto, desconocía; ni que ésta se encontrara tan interesada en acompañarla.

Podrían tener algo en común, pensó. Ambas, ella desde hace mucho y Luisa desde hace solo unas horas, habían perdido un amor, por razones muy contrarias quizás, pero con ese vacío enorme y tan hondo que deja la partida o desaparición de una persona tan amada. Sin embargo, el camino a casa no podría ser muy largo –estaban cerca- y talvez no sería más que una compañía un poco aburrida, hasta casi muda.

Para Luisa aquella no sería una conversación fluida pero tampoco esperaba que resultara una tan apagada como lo llegó ser luego de unas cuadras más allá y donde lo tardío de los pasos terminó por exasperarla más. La mujer mayor se limitaba a sonreír mientras la joven la miraba constantemente como intentando encontrar alguna respuesta en esos gestos risueños y delicados, propios de una señora de edad y que parecían tener un profundo significado y trasfondo; como si no tuviera la menor duda en cada paso que estaba dando. Iban camino a algún lugar, Luisa no sabía cuál, mas solo caminaba sin preguntar.

Poco después entraron a un callejón. Un lugar conocido para Luisa desde su infancia. Un pasaje al que llamaba “el callejón mágico”. De niña siempre le dio miedo pasar por ahí porque sin importar que fuera de día o de noche, alumbrado u oscuro, el lugar se veía siempre muy solitario y temible. Además, a lo lejos se podían ver pintas tenebrosas y proselitistas que violaban su inocencia. Cada vez que tenía que cruzarlo, entraba en pánico y se sentaba en el suelo a llorar desconsoladamente hasta que su madre, sin más remedio, la cargara y le tapara los ojos con su mano. Hasta que un día, una mujer que de lejos notaba el llanto incontenible de Luisa fue hacía ella y disculpándose con la madre, se acercó. Ya en cuclillas y luego de calmarla con unas palabras llenas de suavidad y ternura le contó una breve historia que relató de manera muy pausada y maternal.

“Había una niña de tu edad –narraba la mujer- quien también tenía mucho temor de pasar por este lugar tan triste y desolado. Pero un día, al atardecer, mientras jugaba con sus amiguitos del colegio a las escondidas, se vio en la necesidad de pasar por ahí para poder atrapar a uno de ellos. Y al verse en la entrada del callejón sintió ese miedo inevitable que le prohibía cruzar. Sin embargo, a pocos pasos de ella, vio que se encontraba un pedazo de madera el cual tomó y al observarlo notó una inscripción que decía »No cierres nunca los ojos y al final encontrarás tu recompensa. Cruza y no temas«. Entonces así lo hizo. La niña abrió bien sus ojitos y logró cruzar el callejón hasta que al final de él encontró un pequeño regalo”.

Luisa le preguntó cuál fue ese regalo a lo que ella le respondió “Averígualo” mientras le entregaba el pedazo de madera que llevaba aquella inscripción. Poco a poco empezó a dar pasos por el callejón mientras su madre la esperaba en la entrada. Llevaba los ojos bien abiertos y, aunque caminaba con cautela y con el miedo entre las piernas, nunca se detuvo. Al terminar de cruzar encontró un pedazo de papel cortado en forma de mariposa y pintada de color turquesa, su color favorito.

-“No cierres nunca los ojos…”-dijo al fin la mujer al llegar al final del callejón.
Luisa, con nostalgia sonrió y vio en esa mujer el mismo cariño que de niña le inspiró. Entonces enseguida decidió confesarle.
-Llevo la mariposa pegada al techo de mi habitación.- La viuda sonrió mirando al suelo.
-De niños buscamos que nos engrían, de ancianos queremos engreír. – La mujer parecía tener su mundo propio, pensó Luisa. Sin embargo, reconoció el buen gesto.
-Gracias -susurró apenas.

La mujer guardó callada el agradecimiento. Luego, le indicó a Luisa el camino a la derecha donde había una puerta; sacó de su pequeña cartera negra un manojo de llaves y seleccionó una que llevaba pintura roja en ella. Abrió la puerta e invitó a pasar a Luisa. Ella, con cierto recelo dio unos pasos temerosos al frente como si adentro la esperara una muchedumbre con asedio, pero solo se encontraban unos muebles forrados en telas floridas y polvo asentado, una mesa de centro acabada por el tiempo y las polillas y un televisor antiguo que servía de soporte para las fotos blanquinegras de posibles familiares ausentes en esta tierra. El ambiente no era precisamente el más amigable que había pisado, pero la soledad del lugar en cierta forma le atrajo y le hizo aminorar el temor que sentía.

-Siéntate por favor.-Nuevamente, Luisa lo pensó dos veces pero accedió luego de ver a la mujer sentarse en uno de los muebles de la habitación decadente.
-¿Por qué estás tan triste? –Luisa no sabía si responderle con la verdad o desviarla con una contra-pregunta…Intentó esto último.
-¿Por qué piensa que lo estoy?
-No lo pienso, estoy segura de ello. Me bastó con ver tu mirada al caminar por la calle; como si estuvieras perdida en un lugar en el que poco te importaba estar.
-¿Y por qué tendría que decirle a usted lo que me pasa? –Insistió con las preguntas evasivas, aunque con cierto tacto todavía: una estrategia que podría resultar atacante pero que ante una mujer con tanta experiencia solo eran manotadas de una niña sin recursos. Tenía el alma desnuda.
-No tienes que hacerlo, pero creo que no tienes a nadie más que contárselo.
-No podría ayudarme.
-No pretendo hacerlo, pero…
-¡No entendería! – Interrumpió Luisa en un grito desesperado y de pronto sus lágrimas no se contuvieron más en sus pupilas ni en esa habitación deprimente que lejos de provocar un ambiente sosegado y animado ahora solo le incitaba a afligirse más que antes. La mujer ni se inmutó, esperó que se calmara y que sus lágrimas cesaran mientras la miraba con ternura y hasta con compasión.

-No quiero entender, solo quiero que lo digas…

Se sentía como una niña quebradiza y frágil en medio de un interrogatorio, pero aun así, habló. Habló con lágrimas en los ojos, con pausas breves para tragar saliva y atreverse a conjugar palabras como “necesitar”, “abandonar”, “superar”, “olvidar” o “amar”, algunas veces susurrando; otras gritando sin importarle ya verse vulnerable o desesperada, su orgullo poco le valía frente a una mujer con el cuerpo hermético pero con el gesto tierno y comprensivo que poco concordaba con ese lugar tan lúgubre y sombrío.

-Necesito descansar
-No enviudes antes de tiempo – La mujer pareció ignorar su comentario.
-En parte llevo un duelo por dentro
-Me he visto llorar muchas veces por la misma ausencia dolorosa, ese no es tu camino.
-Nadie puede predecir eso
-No lo predigo…
-Disculpe, pero creo que es hora de irme.

La mujer quedó mirándola por un instante, al punto que Luisa sintió temor de lo que ella pudiera estar pensando hacer. Quiso correr pero sus piernas aún descansaban en el suelo, sin embargo la puerta no estaba muy lejos por si necesitaba escapar en algún momento, pensó.

-Esta mañana desperté con el extraño presentimiento de que hoy no sería un día normal.

Luisa pensó decir lo mismo, pero no quiso decir nada que alargara más el momento de su partida, ya quería salir. La viuda continuó:

-Hace dos horas tocaron a mi puerta, en diez años nadie lo había hecho. Desde que perdí a mi familia, siempre mostré este aspecto impenetrable y aislado: la gente murmura sobre mí incluso estando yo cerca: que estoy loca, que no tengo amigas, que no tengo ganas de vivir y que vivo mantenida por una pensión considerable. –Luisa había escuchado esos comentarios. Su marido era un respetado capitán de la Marina de Guerra y por ende a su familia le quedaría, de por vida, una manutención vasta para mantenerla sin necesidad de que ella trabajara -. Pero no me importa mucho lo digan o dejen de decir los demás- sentenció.
-Conozco una persona que puede entender perfectamente lo que usted está diciendo
-Creo que ambas lo conocemos

De pronto, y a lo lejos, se escucharon tosidos y quejidos. Luisa no comprendía, pues supuestamente aquella mujer vivía sola en esa casa clausurada para el resto de gente. Sin embargo, no podía meterse en su vida por lo que optó en concentrarse en lo que lo último que mencionó.

-¿Ambas?
-Ningún hecho es casual Luisa, hoy tocaron a mi puerta y al verte a ti ahora aquí me hace estar más segura de eso.
-No comprendo – Luisa empezaba a temblar, los tosidos continuaban desde alguna habitación de la casa y ella ya empezaba a reconocerlos pero su mente estaba bloqueando todas sus ilusiones y esperanzas
-Sí, es él. Pero tienes que saber algo…-La mujer esperó que la joven inquietada osara preguntarle a qué se refería, pero no quiso mantener el nervio.-Lo está buscando la policía…

Luisa apenas si escuchó la noticia. Corrió de inmediato en busca de esos quejidos y sin confundirse llegó a la habitación. Un hombre acostado en la cama destapado con una venda en el brazo la recibió con un gesto de sorpresa pero a la vez de alivio. No hicieron más que mirarse, él dejó de quejarse y ambos guardaron silencio por unos segundos.

Él quería olvidar que estaba siendo perseguido; que tenía en el brazo una herida punzocortante que lo mantenía con una fiebre intolerable; que estuvo a punto de perder a Luisa por su testarudez, por su preocupación de vivir cómodamente cuando lo importante no era el dinero que podía conseguir hurtando o asaltando tiendas, sino el amor que podía encontrar al llegar a casa, al despertar con un rostro deslumbrante y delicado a su costado: con la compañía dulce de una mujer que estaba dispuesta a dejarlo todo por él.

Ella, por su parte, podía imaginar lo que podía haber sucedido por la mente Darío, conocía su pasado, ese pasado por el que tanta gente tachaba su relación pero el que ella jamás reprochó; estaba segura de que no era una mala persona y que el hecho de que se encontrara en esa situación no significaba nada más que una sola cosa: él estaba pensando en ellos mismos.

Comprendía que podía juzgarlo por no dejar atrás su pasado y seguir acudiendo a él en busca de una solución para todos sus problemas. Que podía pedirle mil y un razones para continuar en ese habitad de cuchillos, pistolas y suspenso que solo ponía en riesgo su vida y hasta la de ella misma. Y, por último, que podía lanzarle intimaciones para que no volviera hacerlo e incluso ni pensarlo. Era lo más común que podía hacer, era lo que ella debía hacer.

Sin embargo ahora, viéndolo postrado con el cabello mojado por el sudor; con el rostro apabullado y alicaído; mal herido y evidentemente avergonzado, concluyó que solo había una cosa por hacer. No era momento de más llantos, ni lamentaciones, reclamos o malos juicios. Estaba convencida de que la viuda tenía razón: debía ser feliz, aunque tuviera que pasar penurias y sinsabores; al final todo sería recompensado. Y mirando al hombre abatido pero con el rostro dirigido hacia ella –siempre hacia ella– observándola con aflicción y desconsuelo por haberla hecho sufrir en las últimas horas, lo cual sabían no había sido a propósito, entendió que era hora de ser fuerte, de encausar los dos nuevamente sus existencias y sobre todo, de continuar su camino juntos. La huida de ambos a partir de ahí, en esa habitación y en esa casa, volvía a brotar de sus miradas, de sus cuerpos y sus deseos.


[No continuará...]

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domingo 19 de junio de 2011

(ii) Mendigando una respuesta

[…]

Jamás había pensado en decírselos frente a frente. Tenía miedo y por ello en muchas ocasiones tuvo que mentirles, porque ya no tenía más remedio. Su frustración a veces llegaba un límite en el que solo una falsedad podía salvarla. Ahora, esas frases cargadas de resentimiento y frustración contenida solo eran pedazos de papel en un tacho de basura: el único refugio para su intimidad materializada. No fue fácil la decisión de dejarlo todo. Tenía mil peros en la cabeza, mucho que perder y mucho que ganar. Estaban en juego su comodidad, su familia, su trabajo, todo. Y el único beneficio era su libertad para hacer lo que quisiese y compartir el resto de su vida junto a Darío. Ya no le importaba conocer más el mundo, creía firmemente en la perpetuidad de su amor por él, por la única persona en este mundo que la entendió cuando más incomprendida e ignorada se sentía, cuando todo el mundo le dio la espalda por el simple hecho de hacer caso a sus sentimientos y decidirse a amar a alguien diferente. Alguien cuyo único pecado era su pasado…

[…]

El auto se detiene, Luisa le paga al anciano taxista con un billete y sale raudamente del auto blanco. La puerta de madera y las ventanas corredizas de la casa que ahora tenía en frente la saludaban en un ambiente apesadumbrado y de un nervio paulatino que intentaba ahuyentarla pero ella no tenía ninguna intención de disuadirse.

Tocó la puerta, una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Las piernas le temblaban, la garganta se le colmaba de palabras aún no dichas pero ávidas por explotar. Las manos pegaban por inercia aquel frio pedazo de madera, con una mano luego con la otra. Incluso en un instante quiso patear esa puerta, pero se contuvo. Era imposible, nadie abriría. De pronto se preguntó si acaso él habría ido a buscarla. No podía saberlo y al parecer ya era muy tarde. Concluyó que solo podía convencerse una cosa: él no aparecería, no ese día, quizás nunca.

Caminó por la pista solitaria, digna de la zona residencial en la que se encontraba. El silencio y las hojas secas caídas de los árboles le recordaban lo deshojada de su existencia mientras respiraba por simple obligación queriendo ahogarse con su llanto contenido. Tenía que ser fuerte pero no sabía cómo.

Los Pantanos, Los arándanos, Las Centellas…Cruzaba cada calle fijándose en los letreros verdes con letras blancas y recordó que casi nunca se había fijado en ellos anteriormente. Jamás le interesaron los nombres de las calles, no salía mucho y pocas veces retornaba a un mismo lugar por lo que le era más difícil recordar el nombre de cada vía. En silencio se hizo el propósito de conocer más las calles. Ahora que había perdido a su acompañante de viaje –uno de los muchos roles que tomaba Darío en su relación- debía aprender a viajar sola, a ubicarse en la ciudad y conocerla. Entonces, hizo una analogía con su propia vida: quizás debía conocer también las vías y rincones de su propio mundo interior, sus limitaciones, sus curvas, sus franjas, sus zonas bloqueadas, sus calles angostas y anchas, y los pasajes oscuros de su pasado que nunca se atrevió descubrir.

Pero primero tenía que llegar a un punto de partida. Ahora estaba simplemente rondando por las calles dubitativa y vacilante, con temor de volver a casa y seguir sintiéndose sola. Nada le era atractivo en ese momento, todo le resultaba aterrador. No tenía la fuerza de Darío, esa fuerza que la ayudo a salir del hoyo más profundo de la desesperación y la soledad, cuando ya no creía tener amigos, cuando hasta su propia familia parecía haberla abandonado en la desgracia de ser ignorada y juzgada por jueces, contemporáneos la mayoría, de palabras punzantes e hirientes que, sin clemencia, la abofetearon en lo más profundo de su orgullo y su autoestima, cuando ya no quería vivir. En ese momento, cuando el hielo de una justicia superficial y hastiosa parecía ya hasta quemarle los pies, solo Darío pudo acogerla en el cubil de su ternura y comprensión. Porque eso era lo que ella necesitaba: ser escuchada y comprendida. Y con él no solo fue comprendida, si no amada; amada a pesar de sus errores, de sus faltas, de sus indecisiones y confusiones; amada sin inconvenientes, sin deseos de cambiarla y sobre todo, amada por ser tal y como es.

Y Luisa se dejó amar, y amó también con locura, sin temores ni limites, como no amó nunca antes: cuando solo creía que el amor era llamar por las mañanas y por las noches, salir un sábado y descansar domingo porque el otro tenía que hacerlo, agradarle solo porque era una obligación hacerlo feliz o besar porque simplemente eso es lo que hacen las parejas. Amó sin saber que amaba porque nunca se dio tiempo para planearlo, ni momento para pensarlo, solo se decidió al escuchar la de su espíritu voz –por más patético que eso le resultara- callado por tanto tiempo y encerrado en la burbuja fría de los gestos y palabras forzados y atados a una vieja costumbre sin amor y sin alma.

Tenía que encontrar ese punto y escoger donde y cuando empezar de nuevo. De lo contrario seguiría caminando en círculos sin poder avanzar.

[…]

Caminó durante más de una hora, a paso lento para no sentir la sensación de alejarse demasiado de Darío, pues, aunque no lo admitiera, en su interior aún permanecía una remota esperanza de encontrarlo.

Ahora ya se encontraba demasiado lejos. Sin embargo, en cada paso, en cada cuadra, en cada esquina deseaba fervientemente que él estuviera ahí y que la abrazase durante horas, sin despegarse de su calor, de sus mimos, sus caricias. Lo extrañaba aún.

Recordó entonces su última conversación con él hace unos días frente al mar de la costa verde.

-¿Tienes miedo?
-¿Tú no?
-Todo saldrá bien, estaremos juntos
-Eso no es lo que temo
-¿Entonces?
-Que sea en vano.
-¿A qué te refieres? ¿Piensas dejar de amarme?
-No, es solo que estamos dejándolo todo por nuestro amor. ¿Qué tal si alguno de los dos termina matándolo?
-¿Qué tal si mañana recibo dos balazos en la cabeza? –Luisa esbozo una pequeña sonrisa, pero luego ese gesto se ternó melancólico. Darío continuó – Nadie sabe lo que puede pasar en el futuro, el miedo y la angustia no nos dejarán avanzar porque viviremos preocupados en lo que pueda pasar mañana sin pensar en que ahora es cuando debemos hacer algo para que eso que temas no ocurra
-Eres el único que puede darme la fuerza y el valor que necesito.
-Solo tú sacas lo mejor de mí, si algo puedo darte es gracias a ti también.
-No me arrepentiré de lo que hagamos Darío, nunca.
-Sé que no es fácil para ti…
-De verdad que no lo es. –Luisa interrumpió -. Nunca en mi vida imaginé hacer algo como esto, nunca. Siempre creí que no podría haber lugar más cómodo que mi casa, porque a pesar de todo nunca sufrí la falta de nada; solo de amor y que ahora me doy cuenta era lo más importante. Pero mi vanidad pudo más.
-Ahora eres más valiente de lo que pensé.
-Tú me hiciste así
-No me di cuenta cuándo
-Creo que cuando decidí amarte. Desde ese momento dejé de limitarme, tuve miedo pero eso ya no me retuvo, ahora soy libre.
-Siempre lo fuiste
-No quise serlo, ya lo sabes
-Prometo no defraudarte ni hacer que esto sea en vano.
-No lo prometas. Solo hazlo, el presente es lo único que me importa porque el futuro será el reflejo de hoy.
-Amor, te amo
-Te amo

Luisa recordó que esa noche se besaron como nunca y contemplaron abrazados la media luna, el mar calmado, las olas que iban y venían, la gente que a lo lejos se veía caminar por la arena: personas que se amaban y parecían estar en el mejor momento de sus vidas, felices. No hacía falta mirarse para sentirse queridos y deseados. Esa noche disfrutaron del silencio y la compañía del uno hacia el otro, no hablaron más, no hacía falta.

Derramó unas lágrimas más mientras aún el beso rondaba entre sus pensamientos desordenados de promesas ahora rotas y olvidadas, imágenes tiernas y secuencias risueñas y alegres de paseos en la calle, en los parques, risas holgadas, miradas intensas, peleas resueltas, reconciliaciones apasionadas y toda una serie de recuerdos que, reconoció, no olvidaría mañana pero que, estaba segura no podría soportar por mucho tiempo sin perder la cordura y terminar abandonada en el abismo de la depresión y el dolor.

Secó sus lágrimas de inmediato, entro por una zona donde la afluencia de gente aumentaba, sintió como las miradas le caían encima sin poder desviarlas. Se imaginó con los ojos hinchados y el rostro desencajado, una pésima expresión que podía llamar la atención de cualquier curioso que no comprende la necesidad de soledad, como una señora ya mayor quien se acercó a ella sin misericordia ni respeto por su dolor.

-Hija, ¿Te sientes bien? –dijo mientras le tocaba el brazo
-No se preocupe, estoy bien

A estas alturas, Luisa no sabía bien donde se encontraba. Sin embargo, al ver el rostro de aquella mujer de lentes enormes y cabello ensortijado y tan negro como la blusa que llevaba puesta, cayó en la cuenta de que le era conocida. Entonces notó que había caminado demasiado; tanto que, sin pensarlo, ya se situaba a pocas cuadras de su casa.

Esta mujer, pacienzuda y servicial, era una de las vecinas a quien siempre Luisa veía rondar por las calles, con una bolsa en la mano, o con simplemente su cartera. Nunca acompañada –por ser viuda y sin hijos (era lo que se decía por la zona)- mas siempre llevaba aquella blusa puesta. Y la crueldad de los niños llegaba hasta ella, pues cada vez que la veían pasar no podían evitar anunciarla como “la viuda”. Ella se daba cuenta, pero parecía no importarle, incluso siempre mantenía una media sonrisa en el rostro blanco que, a pesar de los años, conservaba bien cuidado para la edad que decían, los demás, ella tenía.

[Continuará...]

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martes 14 de junio de 2011

(i) La Huida: Una Loca Idea


Dos semanas. Lo había planeado con mucho tacto y precaución; analizando cada situación inesperada que pudiera presentarse antes, durante y después de dar el golpe. Estaba preparado para todo: un error no cabía entre sus tácticas premeditadas. Una caja de cigarrillos a medio terminar y una taza de manzanilla eran, hasta esa tarde, sus únicas distracción y alimento. La inquietud y nerviosismo estaban controlados con el ansiolítico digerido desde hace unas horas. Ni el hambre estaba permitido en ese momento: había leído sobre el estrés oxidativo; la sensación de cansancio que ocurre luego de ingerir los alimentos y que se traduce en sueño y desconcentración. De ninguna forma podría consentir un segundo de desconcentración esa tarde. Todo estaba previsto...


Luisa, su amada, quien en otra vida nunca hubiera osado cometer una locura como esta, y mucho menos con alguien como él, lo esperaba en una esquina cerca de su casa sin nada más que un celular en la mano. Su cabello negro y lacio lucía suelto y húmedo - acababa de bañarse – y, a diferencia de Darío, la impaciencia y nerviosísimo la embargaba sin poderlos ahuyentar. Su ir y venir en un espacio de tres metros cuadrados la delataba: algo le pasaba. Él no llegaba y mientras más minutos pasaban, más aumentaba su ansiedad y frenetismo. Talvez, algo le habría ocurrido, quizás no consiguió todo lo necesario, pensó. Probablemente no fueron suficientes dos semanas para planearlo. Su mente liaba con ese tipo de suposiciones pesimistas, preocupaciones que desembocaban en un posible abandono y olvido por parte de Darío; como si no lo conociera, como si todo el tiempo pasado junto a él no valieran para esos minutos de espera por los que ella no pensaba tener que pasar.

Padecía de impaciencia y desesperanza. Sus manos sudaban, el celular resbalaba y sus pies ya no cabían en el suelo. La hora parecía pasar más rápido de lo normal. Quería llamarlo, pero él ya se lo había advertido “No me llames”. Nadie debía percatarse de lo que tramaban.

Todo empezó como una loca idea de jóvenes amantes, apasionados uno por el otro y con el más profundo deseo de estar juntos para siempre. Ella, dependiente de los ánimos de su padrastro, quien, desde que ella tenía dos años y con el consentimiento de su madre, se atribuía el poder de la casa y de sus vidas. Él, un apasionado letrista independiente, algunas veces ocioso, otras trabajador y ansioso, pero siempre ensimismado y suspendido aún en los laberintos de su imprevisible vida. Ambos encontrados de una manera impensada pero destinada para los dos. No eran en el uno para el otro, de eso estaban seguros. Pero poco les importaba la compatibilidad de sus caracteres cuando en los momentos de intimidad y soledad cada uno se entregaba completamente a los deseos del otro. Las palabras, los gestos, las riñas, las miradas, todo se armonizaba cuando podían estar solos a la mitad de un parque, a orillas del mar o en las afueras de un restaurante simplemente, dándose un abrazo o un beso; nada era lo mismo si no podían estar juntos. “Una loca idea”, una que, divagando entre las sábanas de una cama, surgió como una utopía romántica y hasta cierto punto divertida, pues ambos coincidían en que no era la mejor manera de acortar distancias entre los dos; tarde o temprano a ella la encontrarían y la regresarían al presidio de su hogar mientras él terminaría asesinado en el rincón más inhóspito de la ciudad. “El final no sería nada feliz” concluían entre risas aliviadas por el hecho de no tener que pasar por aquella situación tan agobiante y de antemano fatal.

Poco tiempo después, aquella loca idea, no hacía más que inmiscuirse caprichosa y constantemente entre sus conversaciones diarias. Y cada vez el tema era tomado con más seriedad que la vez anterior. Darío, con su mente imaginativa y creativa, lanzaba ideas propias de un escritor impío, un cuenta cuentos que visitaba el oscuro mundo de la delincuencia intentando encontrar una coartada perfecta. Ella, en cambio, tomaba el rol de la mujer centrada, calculadora y moderada. En muchos casos, tenía que mermar la fuente excesiva de pensamientos extravagantes e irreales de Darío. Sin embargo, con el pasar de los días, la loca idea paso a ser una decisión madura de los dos y ahora, cada quien en su papel, tenía el compromiso de convertirlo en un hecho real.

[…]

Ya era tarde, Darío estaba consciente de que ella debería estar esperándolo. Pero él no se movía, en tan solo unos minutos su cuerpo y su mente comenzó a mostrar signos de nerviosismo y temor. Temor por ella, pues estaba dispuesta a, en pocos minutos, dejar un hogar que, mal o bien formado, era su raíz: raíz que él nunca tuvo y que hubiera deseado tener.

Qué difícil era ahora abrir esa puerta y salir a la calle en busca de ella. Qué difícil sería tomarla de la mano y llevarla por rumbos desconocidos y cambiantes. No estaba aún decidido.

Le aliviaba saber que ella no llamaría, pero por otro lado lo aturdía saber que ella debía estar angustiada. No sabía qué hacer. De pronto el temor se transformó en terror e incertidumbre. Se vio envuelto en una serie de pasajes mentales de un futuro en el que no se veía cabeza de un hogar, ni mucho menos un hombre ideal. Sus defectos se retrataron en imágenes poco afortunadas pero que no podía evitar; imágenes que contenían su mal humor, su desatino y hechos que formaban parte de su transgredida idea de la convivencia y que le mostraba una vida infeliz. Pero no sabía por qué. Llevaban más de un año juntos y el jamás había sentido un ápice de aburrimiento o cansancio. Era absurdo. Sus temores empezaban a jugarle una mala pasada. De pronto el hombre razonable y sensato que nunca fue, empezaba a engendrarse en sus entrañas, causándole un dolor en el estómago que se expandía hasta la garganta. No podía ni tragar saliva. Estaba decepcionado de sí mismo.

Sin embargo, algo tenía que hacer. Enseguida, en un impulso casi colérico pero nervioso, cogió las llaves del auto que consiguió hace una semana y salió raudo del departamento dejando el pucho de cigarro aún prendido y la tasa de manzanilla media vacía.

[…]

Veinte minutos. Era el tiempo que llevaba esperando Luisa en aquella esquina que ya le sabía a amargura. Pero no quería moverse de ese lugar, no quería volver a su casa. No podría sabiendo que Darío podría estar cerca, en camino, o aun pensando en ir a verla. En realidad no sabía nada. No sabía si estaba esperando que él llegara, o esperando que la tragara la tierra y por fin se acabara su angustia. Su casa era ahora su peor refugio. Sentía la enorme necesidad de tirarse sobre la vereda y llorar. Nunca se había dado cuenta de lo importante que era Darío para ella, hasta que el hecho de no verlo llegar le hiciera sentir un vacío apabullante en su interior. Era su mundo. Lo único que creía conocer y que ahora parecía ser solo algo foráneo en su vida y lejano a la idea de su Otra Parte. Estaba decepcionada ante su posible arrepentimiento, tanto que las ganas de llorar se tornaron en intensos deseos de explicaciones. No regresaría a su casa sin saber por qué debía hacerlo, sin saber por qué su amor ya no valía más que todo lo que pensaba dejar.

Tenía algo de dinero en el bolsillo y sabía dónde podía encontrar a Darío. Corrió en busca de un taxi que la llevara a su departamento, le pidió al chofer que manejara lo más rápido posible mientras secaba el lagrimeo de sus ojos con sus manos trémulas.

Intentó llamarlo, olvidando ya su advertencia; ya no tenía sentido si es que él ya había decidido arruinarlo todo. Sin embargo, la apática e indolente contestadora era la única voz que podía escuchar al otro lado del auricular. Pensó dejarle un mensaje de voz, pero no tenía sentido; lo iba a encontrar sí o sí y no le interesaba nada más, ni los comentarios políticos de un taxista entusiasmado y por momentos incisivo. No le importaba. Tenía las palabras listas en su garganta, una decena, o un centenar –a cada minuto se le ocurría una o dos más- de cuestiones que iniciaban en su mayoría con un “Por qué”. Pero aún no sabía si estaba lista para una explicación. Tenía miedo en el fondo de enterarse que había sido traicionada u olvidada. No sabía que podía ser peor. Solo estaba segura que esa noche no podría dormir. Incluso aún no sabía, dónde iba a dormir. Le aterrorizaba la idea de regresar a su casa. Donde ya había acomodado todo para no regresar. Su cama tendida -casi nunca lo hacía- su computadora libre de documentos y fotografías privadas. Recordó que había ensayado una carta de despedida, la cual nunca entregaría ya que todo debía resultar totalmente imprevisto y sorpresivo: nada arreglado, nada preparado. Pero en un momento de nostalgia y tristeza, decidió escribirla con el deseo de que sus padres pudieran leerla; deseo que obviamente ahora era imposible de concederse. En ese momento podía recordar palabra a palabra lo que escribió en aquel pedazo de papel:

“Cynthia y Juan Carlos:

Podría empezar esta carta con un preámbulo que los advierta de lo que quiero decirles pero presiento que servirá de poco, y no puedo contener más lo que pienso y siento. He intentado de mil formas hacerles entender que ya no soy una niña. Ustedes siempre me vieron como tal; una niña ingenua, inocente, poco avispada y muy temerosa. Siempre, porque nunca me dieron la oportunidad de demostrarles que podía ser fuerte y valiente, que a los quince años ya podía cruzar la pista sin tener a nadie a mi costado, que a los dieciocho ya era lo suficientemente sensata para ir a una fiesta de madrugada y regresar sobria a casa.

No me dejaron ser libre y, a pesar de ello, siempre hice el esfuerzo por entenderlos porque sabía que lo hacían para protegerme, para cuidarme. Sin embargo, ahora, ya mucho mayor de lo que ustedes ven, me he dado cuenta de que ya no necesito de su protección. Soy una mujer, una mujer que puede decidir, caminar sin rumbo, solucionar problemas, errar, y enamorarse. Si, enamorarse y vivir la mejor de las aventuras: el amor. Y hoy mi amor está con Darío: el hombre que me enseñó un sinfín de cosas que nunca había conocido y sentido. Con él aprendí a descubrirme yo misma, a darme cuenta de que valgo mucho y que soy mejor de lo que ustedes me hicieron. Que puedo caminar por la calle sola sin tener que preocuparme por quien pueda acercarse. Que puedo elegir. Tan simple como eso. Ustedes casi nunca me dejaron hacerlo; decidían por mí donde estudiar luego del colegio, qué estudiar, donde trabajar, qué comer, qué tomar. Pude enfrentarme muchas veces a una situación, pero ustedes ya tenían una solución para ello; y no necesariamente lo que yo quería. No dejaron que me equivoque. ¿Qué de malo había en eso? Llevé una vida tranquila durante todo este tiempo pero ¿De qué me sirve? Si ahora me cuesta mucho poder tomar una decisión (y créanme que me ha costado inmensamente tomar esta).

Ahora los dejo, y no porque no los quiera. Mamá, no porque no te quiera. Sino porque me quiero más a mí misma. Y sé que al lado de ustedes no podré hacer lo que necesito: VIVIR.

Gracias por todo el tiempo que estuvieron conmigo.

Adiós.

Luisa.”

[Continuará...]


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martes 5 de octubre de 2010

Una espera larga

11: 55 pm...

-Eres un imperfecto más.
-No me digas eso. No por favor.
-Si lo eres y creo que debo dejarte por un tiempo. Me decepcionaste.
-Me siento la peor basura del mundo. Perdóname.
-No te disculpes. Ya lo hiciste, ya la cagaste, ya me heriste. Me voy.
-No te vayas. Déjame arreglarlo.
-Ya no tiene caso.
-Si lo tiene, no te vayas por favor
-Lo siento pero creo que no eres la persona que yo idealizaba. Debo irme. Adiós.


<…>

Se fue, se fue como huye una paloma de quien quiere sujetarla para no dejarla huir. Se fue por mis palabras, no sé si hirientes pero si descabelladas. Solo a mí podría ocurrírseme confundirla con una escritora orgullosa y malevolente, sin pasión y hasta sin mucho talento. ¿Por qué lo dije? Porque soy humano. Porque tengo que dar alguna vez mi opinión, porque no pretendo ser un ángel adulador y adorador. Porque tengo una extraña forma de ver a las personas, de distinguirlas. Lo hago a diario, no por sus virtudes, si no por sus defectos.

La amo, esa es la verdad más clara de mi vida. Pero por sus defectos es que he logrado tener y sentir ese amor por ella. Sin esos defectos, amaría solo un rostro encantado y un cariño entregado y apasionado por mí. Sin esas cosas que, noto en ella, son sus debilidades, no la querría igual, no la vería como la mujer que me acompañe por el resto de mi vida. Simplemente no la amaría.

Se fue con frialdad, con palabras escasas y disforzadas que solo me mostraron su amargura y su tristeza. Sé que la herí. Pero su indiferencia me transfirió ese dolor multiplicado. Y revolcándome en la cama, golpeando de vez en cuando la almohada, gritando entre sollozos lo desalmado que puedo ser, no deseo otra cosa más que tenerla junto a mí para pedirle perdón hasta que una sonrisa se asome en su rostro.

Pero la angustia, que no es una constante y varía minuto a minuto, mientras el teléfono no suena y el internet no nos conecta; abarca mi pecho y se me hace difícil respirar con tranquilidad. No puedo dormir, no puedo acostarme, solo puedo escribir.

Y me pregunto si volverá, si me pensará, si me imaginará de esta forma, abatido, aminorado y apabullado por sus palabras, tan terribles, pero para mí tan llenas de verdad. Tal vez tampoco pueda dormir, tal vez solo quiere ocultar el dolor que ha de estar sintiendo para protegerse, para no ser herida nunca más, ni menos por mí. Volverá. No lo sé. Pero mientras las horas pasen y no llegue, mi dolor continuará pagando la espera por tanto egoísmo y desconsideración.

Sin embargo, también afirmo: debe estar tranquila, ensimismada, sabiendo que soy yo el culpable quien debe pedirle de todas las formas posibles una disculpa. Disculpa que solo será el final de esta odisea de esperas y desesperaciones que no contemplan más el presente, sino que se basan en la posibilidad de los hechos y ese final podrá unirnos de nuevo o separarnos para siempre.

No tengo un deseo más en la habitación. No conozco la profundidad de esa herida, ni sus consecuencias ni daños colaterales, solo se que está traspasando hasta mi corazón.

A estas alturas, ya la cabeza no duele, sino estalla. Las paredes no hacen más que extrañarla. Y mi voz se corta al paso que llora mi alma, y las lagrimas se apartan de mis ojos, caen al suelo, caen a la cama, pero caen, caen porque la angustia necesita desahogarse, necesita refugiarse en cualquier otro lado que no sea este cuerpo y este espíritu que está dejando de preocuparse por si mismo. Mala elección, dicen por ahí. Pero en este momento, solo importa ella.

No, el teléfono no suena, y aunque el internet haya vuelto, no espero verla, no espero que me hable, ni mucho menos espero una disculpa. Solo quiero saber de alguna manera que para ella ha sido tan difícil para mí esta noche. Y que pase lo que pase, me sigue amando, más o igual que hace unas horas. Frente a eso, las disculpas quedaran sobrando.

Yo sigo esperando, fiel a mi fe, fiel al amor que siento por ella, me refugio en mi esperanza para que no me venza el miedo y la tristeza, quiero pensar que volverá, triste o alegre, pero volverá…

Y viene el sueño, de pronto viene, y sonrío por que quizás eso signifique que se acabó mi tormento, la televisión encendida me recuerda que a estas horas ya ni una programación puede distraerme. El reloj marca casi las tres de la mañana. Allá deben ser las diez. Ya debe haber partido a su trabajo, mientras yo aún tengo que esperar, dormido o despierto, pero tengo que esperar…

3:05 am :

Ya no siento que pueda escribir más esta noche. Voy a terminar antes que caiga rendido sobre la notebook y luego despierte arrepentido porque no terminé lo que empecé…

[....]



03:20 am

Mensaje de Ella: “Lamento haberte lastimado, soy muy impulsiva y lo sabes, no llores más, no quise decir nada de lo que dije. Perdóname. Estaré aquí cuando despiertes. Te amo. Te amo. Discúlpame. Me siento una idiota...."

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viernes 27 de agosto de 2010

7. Lo que se ve y se oye

[Con mucho retraso entrego la séptima parte de la novela que espero no hayan olvidado. Algunos me pidieron la continuación. Aquí la tienen. Espero seguir continuándola. ]


<...>

-Llegamos, es todo por hoy. Te espero el próximo lunes ¿Está bien?
-¿Tengo otra opción? – Le pregunto mirándola fijamente mientras ella esboza una sonrisa que termina por irritarme.
-No, pero no está demás preguntar. Ah! Una última cosa. –Guardo silencio esperando que continúe. Aún sigo mirándola fijamente.
-No olvides nada de lo que has visto y oído hoy.
-No es necesario, siempre recordaré este día, aunque no de la manera que tú esperas.
-No importa, con eso me conformo.
Estamos frente a la casa de Ana, me bajo del auto, cierro la puerta y ella de inmediato acelera y luego de unos segundos la veo doblar la calle. Yo me dispongo a abrir la puerta de la casa. El día parece haber terminado.

<…>

Estoy en mi habitación, un espacio de aproximadamente diez metros cuadrados, el armario aún contiene ropa de la hija de Ana –me dijo que podía coger lo que necesite de ahí cuando quisiera- hay dos mesas de noches, una a cada lado de la cama de dos plazas tendida con una frazada de colores que varían entre tonos azules. La televisión parece estar de adorno pues he intentado prenderla sin conseguirlo, aparentemente no ha sido usada desde hace mucho o simplemente le cayó alguna sustancia que terminó por dejarla inservible –lástima, digo para mi misma, pensando en que hubiera sido menos aburrida la estancia en este lugar si el televisor funcionara-.

Me acuesto en la cama, y contemplo el techo forrado de imágenes que se mezclan como una especie de collage que contiene desde pósteres de cantantes –de los cuales solo reconozco a un par- hasta recortes de periódicos o revistas de, supuestamente, actores famosos –de los cuales increíblemente no reconozco ninguno-. Concluyo que la vida de la hija de Ana es totalmente diferente a la mía. No sé a qué se podría haber referido esa mujer al compararnos…Dejo ese pensamiento a un lado al igual que el techo y recorro los rincones de la habitación que hasta ahora no había podido apreciar del todo. Los libros ordenados de grande a chico en el librero, -libros que seguramente nunca hubiera leído y que solo forman parte de la herencia familiar-, las paredes pintadas aparentemente por una mano inocente e inexperta de un color medio entre el rosado y el fucsia, y que noto –forzando un poco mi vista- llevan inscritos frases o citas de algún libro. Desisto de detenerme en aquello y termino con la inspección mirando una especie de altar ubicado en una esquina del cuarto; apenas noto que hay una imagen en un portarretrato y al frente una vela apagada que parece no haber sido utilizada…

Y me viene a la mente mi habitación de cuando era niña; un techo vacío, paredes que llevaban las huellas de la travesura infantil, no solo una cama sino veinte, con la privacidad en cero y la obligación de compartirlo todo, de no tener un espacio para llorar -como el closet que tengo enfrente- o una puerta normal a la cual tumbar en los momentos de cólera y frustración, tenía en cambio un portón el cual se mantenía abierto la mayor parte del día, hasta que dos ancianas las cerraban con llave. Camas tendidas con una única frazada que no abrigaba ni la mitad de lo que podía abrigarme esta que tengo debajo de mí ahora. Añorando tener algún tipo de mueble rodeando la habitación: un librero de donde poder sacar cuentos para entretenernos durante la tarde y la noche, una mesa de noche donde colocar aquellos cuentos, los anteojos o tan siquiera una uña partida Descansando sin conocer el silencio nocturno, sin poder escuchar a los grillos cantar o al viento soplar, lo único que escuchaba era los murmullos de niñas sin otro interés más que en perturbar a quienes se dispusieran a pegar los ojos y soñar… No, esa no era una habitación; era una cárcel, una cárcel de niñas.

“No correr por la habitación”, “No dejar la luz prendida en la noche”, “No comer en la habitación”, “No saltar en las camas”... Avisos colgados por todas las paredes sin esa infaltable palabra que limitaba nuestros días y nuestra sed infantil por portarnos de acuerdo a nuestra edad y tener solo dos opciones: huir de ese lugar y perdernos; siendo prostitutas, pidiendo limosna en la calle o formando parte de alguna pandilla juvenil, o bien vivir bajo las reglas aunque faltando a algunas de vez en cuando - lo cual significaba pasar un fin de semana haciendo tareas adicionales- y esperar a que alguna familia desesperada y negada a tener hijos pudiera adoptar a alguna de nosotras.

Esto era lo más iluso que podíamos esperar, más aún cuando pasaban los años y ninguna se iba. Pues, mientras más crecíamos menos eran las posibilidades de salir. “Nadie quiere una niña mayor de cinco años” nos había dicho la cuidadora de piernas gordas y pies pequeños que rondaba la habitación tres veces al día. Cada año veíamos como decaía la cantidad de familias en busca de una de nosotras. En ciertas ocasiones alguna de nosotras cumplía la misión de escuchar detrás de la puerta de la dirección mientras la pareja visitante daba las impresiones de cada de una de nosotras luego de habernos visto y la directora daba sus recomendaciones –las cuales desilusionaban a unas e ilusionaban a otras-. Esta misión casi siempre terminaba en una semana de castigo sin comer el postre del día, sin embargo, ya se había convertido en una costumbre para cada una de nosotras.

Cada visita de alguna pareja era anunciada por la directora antes del desayuno. Las visitas se daban entre la una y tres de la tarde, luego del almuerzo. Cada anuncio era recibido con una mezcla de nervio y emoción. Tras pasar a las habitaciones luego del desayuno, cada una hacía todo lo que no hacían durante los días anteriores, es decir: tender perfectamente las camas, ordenar la ropa, limpiar aunque esto sea innecesario, peinarnos, perfumarnos excesivamente con el único perfume que había en la habitación (luego de riñas y forcejeos apenas podía echarse un poco cada una antes de acabar el frasco), lustrarnos los zapatos, planchar, etc. Era inevitable notar a veces una dosis de rivalidad entre cada una aunque en diferentes aspectos: unas pretendían parecer más inteligentes mostrándose interesadas por leer algún libro de Cortázar (alguna familia intelectual o en todo caso argentina debería haber, imaginaban entre ellas), otras pretendían mostrar sus habilidades para la música al tocar el piano viejo y desafinado del salón de música, otras –siendo esto lo más común – buscaban demostrar que sólo se necesita una linda sonrisa y un buen peinado para llamar la atención. Para esto pasaban varios minutos frente al espejo ensayando posibles sonrisas o muecas propias de una niña decente. Por el contrario, un pequeño grupo –de una o dos personas máximo- se conformaba con arreglarse –eso sí, con buen gusto- y esperar la visita tranquilamente (aparentemente) en la habitación mirando el techo y pidiéndole a un ser al que llaman “ángel guardián” que llegara una familia dispuesta a llevársela. Muchas se burlaban y reclamaban diciéndome que así nunca encontraría un hogar para vivir y pasaría el resto de mi vida viviendo en ese lugar. Sin embargo, luego de que se dieran cuenta de que ellas mismas no fueran elegidas, regresaban con la mueca menos ensayada pero más usada durante toda su existencia sin ánimos de nada y con el único deseo de desaparecer de este mundo; yo compartía esa ilusión.

<…>

Antes de que pudiera seguir recordando, mis pensamientos vuelven a centrarse en la habitación en la que me encuentro ahora, tan “no mía”, pero ahora “mía” y me imagino cambiándola por completo, limpiándola, des-decorándola (nunca me gusto arreglar ni decorar nada), deshacerme de cada afiche, texto, o cuadro pegado a la pared. Sin embargo, recuerdo que pertenece a alguien aún, alguien que no está muerta y que regresará como espera Ana. No tengo derechos sobre este espacio. No, no es mía, nada es mío ahora. Solo mi cuerpo y mi mente, y algo de ropa claro. Resuelvo que debo concentrarme entonces en tener algo mío, un espacio mío, ni prestado ni alquilado (el alquiler te prohíbe toda clase de arreglo). Un lugar donde, si en algún momento lo decido, pueda morir sin nadie que vaya contra esa corriente, por la que todos debemos pasar sin intentar detenerla ¿De qué serviría? Si solo se consigue alargar la agonía, alargar el sufrimiento. El final será siempre el mismo. La muerte. Muerte que en esta habitación parece más inalcanzable que nunca, pues ya no me apetece, ahora no. Ahora tengo dos cosas por hacer: saber quién es esa mujer que tanto sabe de mí y obtener algo para mí misma, si fuera posible un espacio; de cuatro paredes es suficiente, pienso.

<…>

Era la una de la tarde cuando definí mis objetivos, ahora son casi las ocho de la noche. No tengo nada en mi estomago. El sueño desapareció y lo único que recuerdo haber soñado –dicen que en el 99.99% de los casos solo logra recordarse lo último que se soñó luego de decenas de sueños que se tienen en casi ocho horas de inconsciencia- es una mujer acercándose a mí pero sin lograrlo, como si caminara en vano por una de esas cintas para caminar que se ven en los gimnasios, los brazos estirados, el rostro sin expresión, sin sonrisa, sin amargura, pero con la mirada firme sobre mí en medio de la oscuridad, todo en escala de grises sin poder distinguir su color, pero si su integridad…Era yo.

Escucho el abrir de la puerta. Es Ana. Dispuesta a preparar la cena o a echarse a la cama. Aún no conozco sus costumbres pero presiento que me buscará para atenderme. “¡¿Qué quieres de cenar?!” Me preguntará con el tono más maternal que pueda existir. A lo que yo responderé vagamente “Lo que sea”. Y no sería la respuesta que ella esperaba. Aquella mujer necesitaba alguien que la acompañara a cocinar, a tender la ropa quizás o simplemente a ver un capítulo más de la novela las diez. ¡Qué patéticas! Pienso. Mujeres abandonadas frente a un televisor que les recuerda lo infelices que son cuando no tienen a un hombre a su lado o –en muchos casos- cuando lo tienen y no reciben lo que esperan de él. Que se quejan porque un hombre les pidió abortar cuando en realidad es ella la que desearía no haberse embarazado. Que lloran por un amor que se fue cuando ellas mismas lo expulsaron de sus vidas. Que se alegran porque un hombre las miró en el primer capítulo. Y que en la mayoría de las veces terminan casándose de blanco con ese mismo hombre en el desenlace. Luego de que este les fue infiel, de que ya lloraron hasta más no poder, de que se enfadaran sin medida y de que los enemigos fueran asesinados o sentenciados a pasar largo tiempo en la cárcel. Todo totalmente previsible. Y aún así esas mujeres, atentas, inquietas durante los comerciales e impasibles cuando vuelven esas imágines dramáticas y superficiales, se condenan a infiltrarse en esas historias como si fueran las suyas.

<…>
-¿Cómo te fue hoy con Patricia? –Pregunta Ana mientras atraviesa el pan con el cuchillo.

Me gustaría decirle que fui a un “hogar” de ancianos que aparentemente viven felices, pero engañándose a la vez pensando en que tienen algo más por hacer en este mundo que ya los dejó atrás y que solo podrán vivir de sus recuerdos hasta que la muerte les llegue. Quisiera contarle que Patricia no es quien ella pensaba. Que me irritaba, que me desafiaba con sus palabras –o actos- sutilmente punzantes y que empezaba a odiarla. Sin embargo, la mujer no quería escuchar más que…

-Bien, me fue bien. Me llevo a un acilo de ancianos. –Lo demás me lo guardo para mi misma, pensé.
-¿En serio? Qué bien. Sabes…

De pronto me arrepiento de la segunda parte de mi respuesta. Empiezo a escuchar una historia que parece interminable, nostalgias por aquí, sonrisas por allá y que se dibujan en Ana como si reviviera esa época en la que -decía ella- cuidaba a ancianos durante su época de estudiante de enfermería.

Luego de unos minutos ella pareció notar mi poco interés en escucharla y desistió de continuar.

-No quiero aburrirte, debes estar exhausta. Has tenido un largo día. – Dijo

En realidad solo era una larga mañana, y un largo sueño que me impediría dormir por esa noche. Lo que sí era cierto era que yo tampoco pretendía aburrirme. Así que guardé silencio mientras ella continuaba lamentándose.

-Se que aún no me conoces. Pero me gustaría que poco a poco nos vayamos conociendo.

Al escucharla, siento que lo dice con sinceridad. Una mujer sabe cuando la otra dice la verdad. Eso lo he aprendido al jugar con otras mujeres. Sabemos mentir perfectamente y sabemos también cuando alguien –una mujer- nos dice la verdad. Llámese intuición o presentimiento (¿Cuál es la diferencia?). Siempre tenemos ese “no sé qué” de no poder confiar cuando nos sentimos engañadas. Por eso siempre he preferido jugar con hombres. Son más ingenuos, más indefensos ante una mentira, crédulos hasta los huesos, y más frente a una mujer que los provoca, que los desafía y ellos caen osando alcanzar ese premio tan lejano para ellos que se llama “conquista” en este juego y que hasta hoy nadie ha logrado ante mí.

En fin. Sus palabras me inspiran algo de ternura, que intento disimular, no quiero darle esperanzas. No quiero pertenecer a este lugar. Mis objetivos son otros. Ana no está en mis planes. Sin embargo, si ella quiere que la escuche, por mientras lo haré.

-Gracias –Digo. Obedeciendo a la regla de una mujer agradecida pero no complacida. Regla que sirve para hombres, pero que en este caso da lo mismo.

Me levanto de la mesa y me retiro a mi habitación que no es mía.

<…>

No tengo ni un ápice de sueño. Es medianoche e inevitablemente me recorren las ganas de jugar una partida. De engañar a más hombres. De saborear más victorias. Pero sobre todo: de tener algo de dinero.

Pero no tengo nada. Puedo salir de esta casa, puedo tener a dónde ir pero no cómo ir.

Sería humillante ir con solo unos billetes de bajo valor. Pienso que la gente que me viera llegar, esperaría que tenga al menos unos cientos en los bolsillos y miles en el banco.

No, no puedo regresar hasta que no tenga algo de dinero. Y solo podría conseguirlo de una manera…

Recuerdo haber pasado por algo parecido alguna vez. Recorrí todos los bares que pudieran recorrerse a pie, intentando encontrar una botella de Whisky por menos de cincuenta dólares. Y acabármela en una noche para olvidar que había perdido en mi primer día de juego. Mi primer día. Mi primera derrota.

Y aunque podía haber continuado con esos cincuenta dólares, ya no tenía esa inspiración con la que había empezado. Solo quería embriagarme y olvidar, olvidar que esa noche perdí frente a cinco personas que me miraron con lástima frente a mi pobre mano. Olvidar que ni el portero se animó a abrirme la puerta al salir. ¡Qué idiota! Me grité tantas veces como vasos que me tomé esa noche cuando llegué al único lugar donde conseguí ese Whisky.

Tomé, aunque con paciencia –para alargar la noche-, tomé. Pero mientras terminaba el quinto vaso, escuché una voz que se dirigía hacia mí.

-Podrías tener esa y muchas botellas más niña.
-¿Quién es usted?
-No importa. – Como siempre, pensé. A las mujeres nos gusta llevar el anonimato en ciertas ocasiones.
-¿Me dijo niña?
-Así es. Y veo que vas a llegar lejos esta noche. Pero antes déjame darte una solución a tu problema.

Al ver su ropa extravagante; una minifalda del largo de una hoja, un polo escotado que dejaba ver más que la piel y un maquillaje totalmente desentonado con el lugar. Sí, parecía ser una prostituta. Mayor de lo que yo pudiera imaginarme tal vez. Se sentó a mi costado y mirándome fijamente intentó seducirme para logar solo una cosa: que decidiera entrar a su mundo.

Fue una conversación un poco desafortunada. No encajaba su discurso cargado de promesas, ofertas, testimonios apasionados –seguramente anclado en recuerdos de cuando era joven- halagos aduladores y mentiras piadosas con mi situación. Estaba perdida, quizás. Pero nada de lo que esa mujer dijese me convencería.

“Eres una mujer guapa, atractiva, capaz de seducir a cualquier hombre, conquistarlo, enredarlo, enviciarlo, en fin; tienes todo para entrar a este mundo que te pueda dar todo lo que ahora no tienes”.
Fueron unas de las palabras que me dictó esa noche y que hoy recaen de nuevo en mi pensamiento. ¿Qué tendría que hacer? Maquillarme: podría hacerlo. Ponerme ropa provocativa. Podría hacerlo. Pararme en la calle, podría hacerlo. Escuchar las palabras obscenas de un hombre desesperado por tener relaciones: podría hacerlo. Dejarme tocar por sus manos llenas de tosca ansiedad, sudorosas quizás, sucias –no lo creo-: ¿podría? Dejar que…. Me detengo un momento.

¿En qué estoy pensando? Me pregunto de inmediato. Antes de consentir el acto en mis pensamientos. ¡De ninguna manera! Me grito a mí misma. Y termino por desechar esa posibilidad. Sin embargo, de algo si estoy segura. Tengo que salir de este lugar esta noche.

<…>

Mientras camino por la calle en completo silencio, pienso en Patricia. Podría ir en este mismo instante a buscarla a su casa. Tenía entendido que su departamento estaba en el mismo edificio que su consultorio. Quizás podría encontrar algo que me interesase saber. No sería difícil averiguar en donde vive exactamente, pienso.

<…>

Estoy justo a unos metros del edificio y de pronto noto el auto de patricia estacionado en la acera con las luces de posición encendidas y veo dos cabezas sobrepasando los de las cabeceras de los asientos. Enseguida pienso que es una gran oportunidad de conocer a Patricia. Esa persona podría ser su novio o su amante-por la hora del encuentro- en todo caso sería una persona cercana ella. ¡Él o ella podría ser mi medio para llegar a ella!

Me encuentro en la duda de acercarme en este mismo instante o esperar a ver que más pasa. Las luces se apagan, escucho apenas el freno de mano estancarse, luego las puertas del auto abrirse y de inmediato una voz desafortunada dirigiéndose a mí por detrás…


[Continuará...]

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jueves 24 de junio de 2010

Lista de Normalidades...



Alguna vez -en realidad muchas.- me dijeron que soy una persona anormal, rara, inentendible... ya ni recuerdo que otro tipo de adjetivos utilizaron para calificarme -o descalificarme.. Fue entonces que hace unas semanas decidí hacer esta lista, donde no solo nombro las razones por las cuales yo tampoco me considero una persona normal -para bien o para mal me hice así con el transcurso de los pocos años que aún traigo encima.- sino que nombro algunas de las cosas que se ven a cada momento y que, queramos o no, caemos y caeremos en más de una ocasión. Ser anormal no es dejar de ser normal, sino pensar que se puede ser diferente.



Esta es solo una lista...por favor que no se entienda como una crítica a quienes hacen alguna de estas cosas, todo lo contrario...la crítica quizá puede ser hacia mí y la acepto. Gracias!





1. Saber manejar una bicicleta.


2. No hablar con desconocidos, menos con personas mayores.


3. Hacer del sub-nick del messenger un diario.


4. Preferir caminar lo menos posible.


5. Caminar rápido cuando se está solo.


6. Sentarse en el asiento reservado de un autobús sin ser digno de él.


7. No comer helado en invierno y de noche.


8. Ir al cine o cualquier evento público acompañado.


9. Resentirse cada vez que han sido "cortados" en una relación.


10. Pedir el teléfono y/o el correo a cada persona que se acaba de conocer.


11. Tomarse fotos acompañado e inclusive uno mismo.


12. Detestar a las personas hiperactivas


13. Tener una cuenta en facebook.


14. Poner más que empeño por llamar la atención de los demás.


15. Querer ganar siempre en un juego y no saber perder.


16. Tener 20 años y haber fumado alguna vez.


17. Trabajar en donde no se está a gusto y hacerlo sólo por dinero.


18. Creer todo lo que dicen los periódicos y pretender pensar exactamente igual como el periodista más famoso.


19. Pensar en lo que se hará el fin de semana cuando recién es lunes.


20. Cruzar las pistas corriendo para ganar tiempo.


21. Llegar tarde a las fiestas.


22. Mujeres: Pasar todo el día pensando qué ponerse para una fiesta.


23. Hombres: Pasar toda la fiesta preocupados por dejar las botellas vacías.


24. Preferir el chocolate antes que cualquier otro dulce.


25. Conversar de frivolidades y superficialidades entre personas del mismo sexo.


26. Odiar a tu jefe.


27. Desconfiar de quien se te acerca sin motivo alguno.


28. Creer que cuando te dicen que una mujer cuando dice NO significa SI


29. Querer ser millonario.


30. Entre mujeres; mirarse de pies a cabeza.


31. Entre hombres; hablar de mujeres desconocidas que no son simpáticas pero que tienen otro tipo de cualidades físicas.


32. Creer que la audacia(trampa) es el mejor medio para conseguir las cosas.


33. Mentir a quien se dice amar por miedo a ser rechazado.


34. Mentir a quien se odia por el simple hecho de querer ignorarla.


35. Creer que se tendrán otras(os) enamoradas(os) aparte de la(el) que ya se tiene.


36. No escuchar una canción más de dos veces.


37. Decir "Yo perdono pero no olvido" cuando lo que en realidad se quiere decir "Nunca te

perdonaré".


38. Ir a la playa en verano.


39. Comentar sentir pena por un mendigo en la calle pero no darle ni un céntimo.


40. Participar en Días de confraternidad del instituto o universidad.


43. Creer que se pueden tener más amigos que dedos.


44. Creer que la felicidad consiste en lograr una meta.


45. Tener 400 canciones en el iPod/mp3 pero solo escuchar 100.


46. No ponerle nombre a un bien propio.


47. Creer que en el Perú solo hay "Chinos" y no personas de otros países asiáticos.


48. No respetar las reglas de tránsito y mucho menos a la policía.


49. Creer que el tiempo (que se traduce mayormente en dinero) vale más que la vida propia.


50. Callar lo que realmente se piensa por miedo a no ser aceptado.


51. Creer que la Mayoría siempre gana.


52. Creer que la derrota significa fracaso.


53. Pensar que siempre hay alguien mejor en algo que hacemos.


54. Buscar lo más fácil y más cercano.



55. Tener una letra dentro de lo entendible.



56. Vestir colores llamativos como el amarillo, amarillo y otra vez el amarillo.


57. Hombres: Creer que a las mujeres no se les puede entender.


58. Mujeres: Creer que los hombres jamás podrán entenderlas.



59. Creer que los sueños nunca dejarán de serlo, que no se harán realidad.



60. No haber leído esta lista.



»Todos hemos sido o somos normales en algún momento, y seguramente anormales también... Dicen que lo ideal es encontrar un equilibrio en las cosas, quizá pensar así sea también normal. Pero solo podemos ser lo que somos, y eso solo lo decidimos nosotros....«

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domingo 20 de junio de 2010

6. Palabras que persiguen

[Sexta parte de la novela. Más pronto de lo que pensé pero ahí la tienen...Gracias por leer.]


“Ni padres, ni hermanos, ni primos”.

Recuerdo aquel pensamiento que pasó por mi mente cuando decidí intentar suicidarme. Recuerdo el momento en que eso se convirtió en realidad: la muerte de mi padre víctima de un ajuste de cuentas por ser parte de una mafia que controlaba el mercado de los restaurantes chino. Siendo mano derecha del líder, un subordinado más como tantos en este país que lo único que saben es recibir órdenes y pensar por otros, pensó, ingenuamente, que podía traicionarlos cobrando cupos más altos de lo que le era permitido para quedarse con más dinero, pero terminó hundiéndose en su propio barco; lo descubrieron.

Murió instantáneamente luego de recibir tres disparos en el pecho, y uno en la cabeza. Su cuerpo fue encontrado en una playa luego de unas semanas de desaparecido el cuerpo. Yo tenía dos años. Lo sé porque hace diez años, lo investigué intentado encontrar mi pasado, cuando aún era tonta e ilusa, creyendo que conociendo la verdad estaría más tranquila. Me hice amiga de personas influyentes, a mi corta edad, pude seducirlos, aduciendo que era una chica mucho mayor de lo que aparentaba, que solo buscaba placer. La verdad mi dignidad a esas alturas, no importaba nada. Pagaba mis estudios con la caridad de otras personas a las que nunca conocí, quienes, desde que estuve en el internado, enviaron dinero para mantenerme por el simple hecho de llevar un apellido alemán. Según me dijeron estas personas ayudaban a los huérfanos de ascendencia alemana, porque creían que merecían una mejor suerte que la del resto de los peruanos. Su pensamiento racista me permitió aprender, además del español, el idioma inglés y alemán, recibir clases de música y de expresión corporal, algo que no es muy común en este país.


Enterarme de la historia de mi Padre, resultó chocante para mi corta edad, me causó repulsión e inestabilidad psicológica y emocional. En muchas ocasiones pensé en quitarme la vida, pero aún era muy cobarde, aún no tenía el valor, aún no estaba preparada.

En el atestado policial que hurté con la ayuda de unos agentes, que por unos cientos de euros pueden hasta matar a una persona, apareció una frase que al parecer era repetida por él cada vez que tenía que matar a alguien por el simple hecho de no querer pagar sus “impuestos” a la mafia. Esta frase se encontraba siempre en un papel arrancado de un cuaderno, al parecer, escrito con tinta roja líquida y en idioma aleman.”Wenn das Leben wahnsinnig ist, ist der Tod die Rettung”. Decía en el informe y era traducida con una nota a pie de página como “Si la vida es insana, la muerte es la salvación”.

Durante todo este tiempo, desde que conocí la frase de mi padre, nunca la volví a escuchar ni leer en otros lados. Siempre quise saber, de dónde él había sacado aquella sentencia que seguramente lo había marcado para toda su vida a tal punto de convertirse en su mensaje de muerte para todos quienes se convertían en su víctima. »Estaba enfermo« pensé en ese momento cuando la leí por primera vez. Y luego de eso, no quise saber nada más de él ni de sus pensamientos villanos, propias de un asesino en serie o en su caso, de un asesino controlado por alguien más, mucho peor persona que él.

Sin embargo, ahora parecía perseguirme nuevamente esa frase, que por segunda vez aparecía en mi vida, en esa nota en el espejo, que me hizo escapar, que me hizo sentirme acosada, hostigada por un pensamiento que, durante todo este tiempo, quise contradecir.





Quise matarme , sí, pero no porque mi vida sea insana, aburrida ni mucho menos inmunda. Simplemente mi vida ya no tenía más para dar, había alcanzado y sobrepasado todos mis límites de aventura y de adrenalina. Jugué con quien me dio la gana, tomé las copas que quise tomar, me acosté con cualquier hombre que podía ofrecerme verdadero placer, insulté a quien me provocó, y halagué a quien sabía podía darme mucho mayor beneficio, mucha mayor fortuna. Fortuna que con el tiempo derroché en más placer, y en más juego. Porque nunca tuve esa estúpida idea de guardarme algo para el futuro ¿Qué futuro? Las personas piensan que van a vivir cuarenta, cincuenta, sesenta o hasta cien años más y que todo ese dinero servirá para sus descendientes, para que vivan una vida “feliz” y puedan cumplir todos sus sueños. Qué pensamiento más errático. Porque no se dan cuenta que más tarde ese dinero sobrará, pasará siempre de mano en mano, hasta que alguien con mucha más inteligencia y sentido de la aventura se de cuenta que está ante la oportunidad de su vida, la oportunidad de vivir para sí mismo y no para el resto. Vivir del goce, y del encanto de la aventura y el desenfreno, ¿Qué más se necesita para vivir?

Quise matarme, sí, pero no para salvarme, ¿Salvarme de qué? Ese hombre, como dice el atestado, manifestaba tener una religión que lo ataba al pensamiento de que morir por un ideal era una muestra de sacrificio que merecía todo el apremio de su dios, quien supuestamente le perdonaría todos sus errores y le permitiría vivir en tranquilidad lejos de su angustiosa vida pasada, lejos de sus remordimientos y culpas ocasionadas por su condición humana. Yo siempre dude de todo credo religioso, ni cuando era niña tuve la certeza de nada, ni ahora que lo he vivido todo, y puedo decir que en ningún momento fui victima de remordimientos ni de represiones moralistas. »La moral no existe cuando se tiene la total libertad de elegir« Lo escribía siempre en mi cuaderno, cuando escuchaba a un aburrido profesor de filosofía.

Vuelvo a la nota en el espejo y a la relación que pudiera haber entre esta y Patricia ¿Ella lo habría escrito? ¿Conocía la historia de mi padre? ¿Creía también en esas palabras? No habría forma de saberlo sin no volver a pisar ese lugar y buscar el momento para preguntarle. No tenía otra opción, necesitaba saber quién lo había puesto ahí, y si esa persona conocía algo sobre mí. Si era patricia sería un motivo para generar sospechas de la forma de actuar de una psiquiatra quien, al fin y al cabo, siempre me pareció extraña desde un primer momento.

Decido volver al asilo, con un solo objetivo en mi cabeza: preguntarle qué tenía que ver con esa nota en el espejo, y qué quería de mí, por qué estaba tomando tanto interés en, según ella, ayudarme.

Mientras camino, pienso en que nadie, absolutamente nadie hace algo por alguien sin ningún motivo, sin ninguna razón y sin querer nada a cambio. Es absurdo. Las personas siempre buscan algo, siempre esperan algo de alguien, algo que les permita sentirse importante, que les devuelva algo que algún momento perdieron, o simplemente buscan que se las complazca, que se les llene de placer cambio de su ayuda. No se puede ser tan cándido al pensar recibir ayuda simplemente por que esa persona diga sentir la necesidad de hacerlo, porque esa necesidad en realidad quiere decir “oportunidad de obtener algo”. Y siempre es así, y siempre lo será. »Nadie comparte un trozo de pan y no espera recibir un vaso de leche« Decía una mujer en un mostrador frente a un televisor antiguo mientras le compraba cigarrillos.

A llegar a la puerta del asilo, se encuentra una señora que no noté al salir, quizá había ido a tomar desayuno también. La señora fija su mirada en mí y luego de hacer un gesto de extrañeza me pregunta:

-¿Usted no entró junto con la señorita Patricia?
-Eh…-Sentí que no tenía que darle mayores explicaciones a esa mujer, si sabía quien era, no impediría mi entrada.- Si, tuve que salir un momento….
-Ah, está bien, dese prisa porque se quedará sin desayuno. –Dice mientras sonríe.
-Gracias. – Le respondo y pienso que estos últimos días he agradecido más de lo que lo haría en un mes y aún no comprendo por qué lo hago.

Al entrar nuevamente al comedor, los ancianos parecen disfrutar del momento, en el que, sin la presencia de nadie más, ayudantes, jóvenes u otra clase de persona ajena a ellos, cada quien parece saber realmente su función. Noto un par de señores sirviendo la leche en las tazas de las señoras que solicitan un poco más. Otras señoras, al parecer las más jóvenes, cortando los panes dejándolos listos para que cada quien pudiera servirse sin problemas. En cuanto a los demás, en su mayoría ancianos que probablemente ya no coordinan bien sus movimientos y en los que inclusive ya se han desarrollado los temblores en las manos que les imposibilita de poder tomar su taza o cortar el pan y servirse la mantequilla. Ellos tienen que ser ayudados por sus “hermanos menores”-Tal como dijo una joven mientras conversaba con uno de ellos antes de que comience el desayuno.-

Ancianos; pienso que casi nunca en mi vida he tratado con ellos, los he visto por televisión cuando eran entrevistados por motivo de algún día en especial, como el día de la madre o el día del padre. El locutor y la música de fondo, le daban un ambiente muy emotivo a la secuencia y en el que pareciera como si realmente fueran felices dentro de ese mundo que pasa tan lento, donde las palabras salen luego de un minuto de haberlas pensado o simplemente sin pensarse, donde los pasos no responden como antes, donde las enfermedades suceden una tras de otra y los desequilibrios fisiológicos los hacen recordar a su niñez cuando mojaban la cama o cuando lloraban sin razón alguna encaprichados en un deseo que es tan común en estas etapas tan distantes pero tan parecidas: “jugar”.

La mayoría de veces que vi estos reportajes lo hice por obligación, con un hombre al lado de mi cama, mucho mayor que yo, y al ver su rostro él parecía no poder evitar derramar una que otra lágrima…Quizá porque también se sentía viejo, porque también deseaba volver a ser niño o porque tenía a sus padres en la misma situación que ellos. Nunca lo supe, nunca me interesó.

Uno de esos hombres me dijo alguna vez: »Yo moriré antes de que mis manos tiemblen y antes de que mis hijos me abandonen, antes de que eso pase, yo estaré bajo tierra«
Le pregunté por qué creía que sus hijos lo abandonarían, como si me interesara y como si no supiera la respuesta »Esto que vez aquí, no es más que un pedazo de basura, no merezco vivir« Me respondió y luego, me confesó haber hecho abortar a más de una mujer, lloró en el baño esperando que yo no lo notase, y luego me pidió que me fuera…. Al día siguiente apareció la noticia en el periódico: se había quitado la vida.

No, nunca traté a uno, al menos no a alguien tan mayor como aquellos que mis ojos veían reír y conversar como en sus tiempos lo harían en la escuela, en la universidad o en el trabajo. Felices porque estaban vivos. ¿Era eso posible? Me pregunto mientras me dirijo al baño para quitarme el jabón de las manos.

En el baño aún se encuentra la nota en el espejo, la leo nuevamente, y sin mucho pensarlo la guardo en mi bolsillo, de todas formas, esa nota no había llegado ahí por sí sola. Patricia podría darme una explicación de esto. Finalmente vuelvo al comedor donde debe estar Patricia con los demás chicos.

Lo primero que veo al entrar, es la cara de ese chico que antes me había irritado con su atrevimiento al hablarme. Todos voltean hacia mí y se impregna un silencio en la habitación, Patricia también está volteada, manteniendo un pan en la mano y masticando el bocado en la boca. Sonríe y me hace señas para que pase y tome asiento nuevamente.

-¿Donde estabas? –Me pregunta Patricia en voz baja, mientras los demás, seguramente, vuelven a la conversación que interrumpí.
-Lo siento, necesitaba salir de aquí.

La conversación varía de tema de tema, desde el clima tan cambiante de la ciudad hasta la política actual del país. Aunque centrándose más en las actividades que se tienen para el asilo durante el día. Es un día especial ya que es el cumpleaños número setenta de una señora de nombre Pili y aparentemente van a hacerle una fiesta con payasos y globos...Qué infantiles, pienso. Bromean, comentan, coordinan cosas, se comportan como personas realmente dotadas en el tema de los cuidados de ancianos, y que parecen haber desarrollado una habilidad increíble para relacionarse entre sí.

Patricia comenta también algunas cosas, explica la importancia de preocuparse por los ancianos, la sabiduría que estas personas pueden transmitir, por más años que tengan encima, etc. A pesar de todo, ella es una profesional y no se puede negar que tiene bien en claro sus ideas, todos, menos yo, está totalmente prendida de sus palabras, le prestan tanta atención que ni la desvían al llevar la taza de café a sus bocas. Mientras tanto, yo aún no puedo quitarme de la mente la nota que ella había dejado apropósito en el espejo.

<…>

Una chica se levanta primero y nos pide pasar al comedor de los ancianos para dar la oración de gracias. Todos se paran, incluida yo mientras ella nos recuerda que terminada la oración tenemos que recoger todo lo que esté sobre la mesa.

En el comedor grande, nuevamente ella hace la señal de los católicos y emite unas palabras tan parecidas como las que dio en la mañana. Terminado el acto, todos procedemos a recoger los trastes de las mesas mientras los ancianos salen del lugar.

Unos van por una entrada que da a un pasadizo y que lleva un cartel que dice “Habitaciones”, otros van hacia lo que es aparentemente un jardín, mientras el resto va hacia la sala común que está a la entrada del “hogar”-como diría Patricia.

Uno, dos, tres, diez minutos pasan hasta que por fin podemos terminar de recoger todas las cosas de las mesas. El chico cruza una y otra vez por mi lado, me mira incesantemente, pareciera que no pudiera controlar sus hormonas, o quizá tenía una obsesión con las mujeres bellas. Y aunque me sentía deseada por él, me causaba una especie de repulsión ante su inquietud por hablarme, por verme y quizá también por tocarme. ¿Qué hacía esa clase de enfermos en ese lugar? Capaz de encandilarse con cualquier mujer diferente que ve dentro del muladar de chicas sin gracias o chicas ya mayores imposibles para ellos como Patricia y otras más que aún desconocía pero que fácilmente podían tener ya una familia o uno de esos compromisos de más de cinco años que, al dar el siguiente paso, termina fracasando o que en el peor de los casos, fracasa antes por haber esperado tanto tiempo. En cualquier situación, pareciera no haber otro final más que ese: el fracaso.

Un grupo de chicos se junta para empezar a lavar, de pronto Patricia se acerca a mi mientras yo continúo en el comedor mirando a la nada, caminando de un lado a otro esperando que ya sea hora de salir de ahí.

-Ya terminamos. Si deseas te puedes ir.
Me sentí aliviada por no tener que estar un segundo más ahí, pero por otro lado necesitaba una explicación con respecto a la nota.
-Tengo que hablar contigo, es importante.
-Si dime.
-Vamos a afuera.
-Está bien, como gustes.-Me dirijo hacia el patio de la entrada, mientras ella me sigue. Busco un lugar donde nadie pueda interrumpirnos, pero luego noto que el lugar está prácticamente desolado, entonces me ubico a un lado de la puerta principal. Veo a la portera muy atenta al televisor de la cabina riendo por momentos.

-¿Quién eres? –Casi grito y mientras espero que me pregunte a qué me refiero, saco la nota de mi bolsillo y se lo entrego.
-¿A qué te refieres?
-¿Qué hacía esta nota en el baño, justo en el momento en el que entré? –Espero que la tome y la lea, pero a ella parece no importarle.
-¿Qué pensaste cuando volviste de la calle y viste a los ancianos compartiendo? –Me pregunta, dejando mi mano extendida. Yo la recojo pero mantengo el papel en mi mano.
-No has respondido a mi pregunta.-Me detengo un momento, y repito en mi mente lo que acababa de preguntarme. ¿Qué estaba diciendo? ¿Cómo podía saber que me había quedado pensando en ese momento?
-¿Qué dijiste?-Pregunté inmediatamente.
-Dime, que pensaste.
-Eso no te interesa, te estoy preguntando que hacía esa nota en el baño, ¿Qué tanto sabes sobre mi?
-Mucho como para saber que esa nota te haría salir y pensar en ello.
-Sigo pensando lo mismo que hace diez años, los ancianos siempre serán infelices y la muerte no es una salvación de nada, la vida tiene que cortarse en el momento que uno desee y luego de eso ya no hay nada. –Respondo con rabia, pero contenida por el ambiente silencioso del lugar Luego pienso en cómo podría saber la existencia de esa frase en mi vida.
-No lo creo, y es normal que me lo digas. No esperaba que me lo dijeras. Solo puedo decirte que si sé tanto de ti, no es más que mi trabajo.
-Tu trabajo no es perseguirme ni investigarme. Se supone que tienes que persuadirme de no volver a suicidarme.
-Ya te dije que ese no es mi objetivo.
-Entonces dime cuál es.
-Discúlpame, pero no decírtelo es parte de todo esto.
-Eres muy extraña. Pero escúchame, no te metas en mi vida, no te incumbe.
-Lo siento, ya es tarde para eso.
-Entonces déjame en paz, buscaré otro psiquiatra que me libere de esto.
-Eso no puedes hacerlo, aceptaste llevar el tratamiento, así que cumple con tu palabra y con lo que firmaste al salir del hospital. Ya iniciamos el tratamiento, así que más te vale terminarlo. Aunque no lo creas, todo, absolutamente todo lo que estamos haciendo, tiene sentido, quizá aún no lo entiendas, pero créeme que cuando lo hagas, tú misma decidirás qué hacer con tu vida.

-Ya me quiero ir.
-Está bien, vámonos.

<…>

En el camino, pasando calles, parando en semáforos en rojo, pasando en verde, una que otra frenada intempestiva por algún idiota que piensa ser el dueño de la autopista, un posible hijo de mamá, pedante y machista que disparaba a sus anchas palabras del calibre de un salvaje inculto y nada civilizado pero que ante la ley a lo único que podía apelar es a su billetera gruesa y llena de dinero indigno y conseguido de la peor forma. »Así son el setenta por ciento de los hombres que manejan en este país« Me decía una mujer taxista cuando me llevaba al aeropuerto.

Yo aún quería hacer una pregunta a Patricia, quería saber cómo había conseguido conocer parte(o toda) mi historia. Pero claro, seguramente tendría la misma respuesta de siempre: “Discúlpame, pero no decírtelo es parte de todo esto”. Y ese tipo de respuestas me irritaba, que me prohibieran conocer, que me dijeran que no puedo saber algo que me interesa tanto, es tan frustrante. Decido que llegaré hasta las últimas consecuencias para saberlo. Sí, la perseguiré, al fin y al cabo, Ana no parece estar muy interesada en que yo le termine pagando; tendría todo el tiempo que quisiera para investigar a Patricia, saber qué hace, donde vive, a quienes frecuenta y si fuera posible hasta con quien duerme.



[Continuará]

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